“Yo soy la prueba viviente de que la tinta de los tatuajes no provoca cáncer”

Los tatuadores dicen que las pinturas pasan controles sanitarios y rechazan el estudio que alerta de riesgos para la salud por la tinta.

El primer dibujo que se tatuó Ángel Rodríguez fue la cara de su madre. Era 1975 y servía como soldado en el tercio Gran Capitán de la Legión en Melilla. “En aquellos tiempos sólo nos tatuábamos los legionarios y los presos”, dice. Más de 40 años después, apenas queda una pequeña parte de su cuerpo sin cubrir por algún símbolo, frase o animal.

Rodríguez no va a parar. Tiene 61 años y quiere completar la obra. Su último tatuaje es un lobo en la coronilla que muestra orgulloso mientras se quita la gorra. El estudio de Bruselas publicado esta semana que advierte de los efectos cancerígenos de la tinta de los tatuajes no le inquieta: “Mi cuerpo es la prueba de que no provoca nada”.

El informe asegura que esta pintura contiene pigmentos de baja pureza, no fabricados específicamente para decorar la piel ni autorizados para su uso en cosmética, que son peligrosos para la salud. El sector reniega del estudio y asegura que las alertas con cíclicas.
Controles sanitarios

El tatuaje ha evolucionado mucho desde sus orígenes como estigma carcelario y casi marginal. Hoy es un elemento más del paisaje urbano. Las estrellas del fútbol y muchos artistas, íconos de moda adolescente, los lucen con orgullo. Se calcula que el 30% de los jóvenes españoles lleva algún tipo de tatuaje en el cuerpo. El precio oscila entre los 50 euros por un dibujo simple hasta lo que se esté dispuesto a pagar en función del diseño y la parte del cuerpo elegida.

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